Es evidente que ya no nos lo creemos. Que a cinco días de las elecciones nos resulta abusivo volver a las urnas pensadas para un bipartidismo reiterativo bajo el que se agarrota la democracia. Parecía que eso iba a durar eternamente, que una legislatura tras otra, con sus más y sus menos, la gente se quejaría lo justo mientras pagaba su hipoteca, iba de vacaciones a Benalmádena o buscaba financiación en el banco para estudiar una carrera. Llegaría el 22 de Mayo con su papeleta fija y la dejaría caer una vez más. Se cerraría el ciclo de la supuesta democracia mientras los grandes inversores, los bancos, las empresas privadas etc, etc, seguirían sosteniendo y exprimiendo su sociedad del bienestar, cambiando algunas leyes y colocando el dinero aquí o allá, pero reconociendo ante las estructuras económicas internacionales otro país más que baila su agua.
Esto tenía que estallar por algún lado, y la clase que siempre había aguantado carros y carretas, la clase asalariada de la que venimos, a los que se les intenta contentar con prejubilaciones (guiño a mi cuenca minera) o en su defecto, palmaditas en la espalda bajo una seña falsamente identificada con la izquierda, esa clase, digo, se ha convertido en un grupo social de personas sobradamente preparadas, con nuevos medios de información en sus manos y sin posibilidades de futuro en un sistema que suena a timo, ahora más que nunca. Esta clase social no se conforman con los salarios irrisorios y los discursos políticos circulares y autodirigidos, piensan, luego preguntan y exigen respuesta. Digo esto con Madrid y decenas de ciudades de España aún latiendo, con la Puerta del Sol temblando al observar que algo diferente está ocurriendo y parece que es algo serio, cierto, el ruido que arrastra un giro de tuerca. Que cuando la tuerca se gira demasiado ya no vuelve a apretar como antes y da la sensación que esta sociedad posmoderna, asentadamente neoliberalista, madre del consumismo y del adormecimiento intelectual, se tambalea. Eso ya es todo un logro. Por eso, los que siguen yendo a trabajar para pagar su desorbitado alquiler o hipoteca, para poder comer día a día, salen a la calle para expresar lo que piensan y sienten, han quedado encarcelados en un sistema poslítico que les obvia como personas y ahora les recortan sus posibilidades ennegreciéndoles su presente y su futuro.
¡Valió ya, hombre! Esa clase social somos nosotros y queremos alternativas, queremos discursos construidos por todos, que se nos pregunte, que se nos pida la palabra en referéndums, que se respeten nuestros derechos a vivienda digna, a salario digno, a aire puro, a formar parte de una sociedad que nos respete para la que seamos una persona con todo su significado, con voz, voto, necesidades, posibilidades y capacidad.
Este sistema ya no funciona, no para nosotros, y nosotros somos todos estos que hemos dicho basta y no quieren reconocer los partidos, ni las marcas, ni las televisiones, ni las oficinas de la Castellana; porque ellos quieren votantes silenciosos, consumidores alegres, espectadores pasivos, trabajadores temerosos. Y no, parece que ya no. Así que ahora, usemos la cabeza y que esto nos sirva para replantearnos, que sirva para pensar y actuar, eso sí, ya no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Es ahora cuando el pensamiento crítico ha de estar alerta y sacar nuestras propias conclusiones con un fin común, de mejora, de cambio. El futuro está en nuestras manos y en nuestra voz. Podemos hacerlo nuestro, o dejar que ellos los sigan diseñando.
Pero eso sí, tampoco podemos permitir que nuestra voz y nuestra queja se convierta de nuevo en objeto de consumo y venta por aquellos que quieren sacar tajada de todo. Porque esta es la base de nuestro sistema, “me gusta, le estafo y me lo quedo” e igual que sin darnos cuenta trafican con nuestra libertad y posibilidades, pueden hacerlo con nuestra queja y nuestra voz. Por eso debemos estar alerta, ser críticos y actuar consecuentemente. Ya que esto no deja de ser una democracia, terriblemente imperfecta, pero democracia, y eso significa que no nos encarcelarán ni prohibirán levantar la voz y si eso ocurre, entonces sobrarán las razones para continuar.
* Este texto fue escrito la noche del 17 de Mayo, parece que ha pasado una vida y fueron 3 días intensísimos. Me echó para atrás su publicación el ver como una avalancha de conocidos se lanzaban a las calles sin haber reflexionado mucho, quejándose del malestar económico desde nuestras caras tecnologías, me confundió tanto que esperé, pues no quería que la incongruencia y la falta de crítica que estaba viendo también me cogiera a mí (pues esto te atrapa sin darte cuenta, humanodemasiadohumano) Personas que tienen todo y se quejaban de una sociedad que les mantiene ahí, que se apuntan al carro por estar aquí y ahora donde se dicta que “personas como ellos” deben estar. Entonces me acordé de Bertollucci y de The Dreamers y pensé que una cosa es el motor visceral y otra el triunfo popular, uno sin otro, parece no darse. Lo dejé apaciguar sin publicarlo, leyendo las noticias, acercándome a Sol, charlando con compañeros y reflexionando. Lo que ahí había era mucho más que la queja de los que están atrapados por su rol de quejarse, era un pueblo que está harto y que quiere cambio. Lo que hay ahí es otra cosa, y por eso es necesario publicarlo, porque ese camino es el de todos y porque aspectos poco democráticos aparecen queriendo prohibir una queja popular. Reitero lo escrito no sin temblar al leer la última frase de aquel 17 de mayo, hoy que nos hemos despertado con la prohibición de la acampada y reunión de sol, burlando sin pudor el artículo 21 de la constitución: Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa. Y eso sí que no, la historia está llena de sangre para conseguir estas cosas, igual que el voto, igual que la posibilidad de hacer una “más mejor democracia”, como si fuéramos adultos que no dejan de soñar como niños.
AF-O
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